Del nirvana, la primavera y otros cuentos.
Releo mi entrada anterior y me doy cuenta de lo ceniza que puedo llegar a ser algunas veces. Hasta cierto punto esa costumbre mía de actualizar el blog con ese tono oscuro no deja de ser una maniobra defensiva para tratar de evitar que se estropeen las cosas cuando van bien. Pero claro, luego te llama por teléfono una amiga toda preocupada porque ha visto lo que has escrito y no descarta que te estés planteando el suicidio por lo menos. Tampoco es eso. La verdad es que no me va mal. Siento más paz interior de la que he experimentado en mucho - y digo mucho, pero mucho, mucho - tiempo. Tengo dinero, tengo amigos, tengo planes y tengo ganas de hacer muchas cosas. Además me encanta pasear con mi perra. Me permite respirar aire un poco más limpio de lo habitual y reflexionar sobre mi vida: sobre lo que hago bien, sobre lo que hago mal y sobre lo que tengo que cambiar. Creo sinceramente que estoy aprendiendo mucho, y me gusta.
Contribuye, además, a este estado de optimismo relajado ver que, en mi entorno, van bien las cosas. Salvo algún golpe de mala suerte por parte de alguna (no todo el monte puede ser orégano), en general no me puedo quejar del devenir diario para mis allegados. El desempleado encuentra empleo, la descontenta consigo misma recuerda cómo quererse. Pero lo que más me gusta es que el amor fluye por los primaverales campos de la estepa castellana y un poco más allá. Qué bonito es el amor y qué cursi parece el comentario, pero no. Me alegra, consuela y llena de gozo contemplar cómo la que se encontraba sumida en una relación tormentosa parece hallar, por fin, algo de reposo; cómo el que juraba y perjuraba no creer en el amor romántico me habla de una recién hallada en colores pastel; cómo el loco se marcha tras su loca, atravesando océanos y continentes hasta tierras lejanas y extrañas. Es bonito, qué carajo.
Tanto azúcar y abejitas libando flores me demuestra que somos capaces de buscar el amor hasta debajo de las piedras y me recuerda una curiosa situación que viví una vez en Alemania. Una noche de fiesta acabé hablando, no preguntéis por qué, con una chica de no recuerdo qué país eslavo sobre mitologías del mundo. La muchacha era una gran aficionada a las leyendas y mitos populares, y me contó que en su región existía un relato que le daba un origen de lo más inusual al muy extendido personaje, por todo el folclore mundial, del vampiro. Lo he redactado un poco para que quede algo más literario, pero lo que más o menos me contó en un chocante diálogo bilingüe anglogermánico, fue lo siguiente:
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Contribuye, además, a este estado de optimismo relajado ver que, en mi entorno, van bien las cosas. Salvo algún golpe de mala suerte por parte de alguna (no todo el monte puede ser orégano), en general no me puedo quejar del devenir diario para mis allegados. El desempleado encuentra empleo, la descontenta consigo misma recuerda cómo quererse. Pero lo que más me gusta es que el amor fluye por los primaverales campos de la estepa castellana y un poco más allá. Qué bonito es el amor y qué cursi parece el comentario, pero no. Me alegra, consuela y llena de gozo contemplar cómo la que se encontraba sumida en una relación tormentosa parece hallar, por fin, algo de reposo; cómo el que juraba y perjuraba no creer en el amor romántico me habla de una recién hallada en colores pastel; cómo el loco se marcha tras su loca, atravesando océanos y continentes hasta tierras lejanas y extrañas. Es bonito, qué carajo.
Tanto azúcar y abejitas libando flores me demuestra que somos capaces de buscar el amor hasta debajo de las piedras y me recuerda una curiosa situación que viví una vez en Alemania. Una noche de fiesta acabé hablando, no preguntéis por qué, con una chica de no recuerdo qué país eslavo sobre mitologías del mundo. La muchacha era una gran aficionada a las leyendas y mitos populares, y me contó que en su región existía un relato que le daba un origen de lo más inusual al muy extendido personaje, por todo el folclore mundial, del vampiro. Lo he redactado un poco para que quede algo más literario, pero lo que más o menos me contó en un chocante diálogo bilingüe anglogermánico, fue lo siguiente:
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Un granjero joven vivía solo en su aldea de las montañas. Su existencia transcurría cómoda y apacible y, a pesar de hallarse en edad de encontrar esposa, este pensamiento no enturbiaba su espíritu ni trastocaba el devenir de sus días. Las mujeres no le interesaban más de lo que pudieran hacerlo la salud de sus cabras o la caída de las lluvias sobre sus tierras, por lo que continuaba dedicándose a sus quehaceres habituales sin prestar demasiada atención a la población femenina de su entorno."
Quiso el azar, sin embargo, que una mañana se acercara al mercado a buscar un par de botas nuevas, pues las suyas, debido al arduo trabajo en la granja, se encontraban en muy mal estado. Cada semana, una tropa de buhoneros cíngaros llegaba al pueblo con sus coloridas mercancías, que intercambiaban de buen grado por productos de la tierra y monedas de diverso cuño. El granjero, hombre pragmático ligado a sus costumbres, no solía perder mucho tiempo ni dinero en los puestos de los gitanos, si bien es cierto que la necesidad le empujaba, en algunas ocasiones, a dirigirse a tenderetes muy concretos con el objeto de hacerse con algún objeto indispensable en sus labores. Aquella mañana, pues, se apresuró el joven a buscar calzado al mercado ambulante. Caminaba con la cabeza gacha, observando los bienes expuestos sobre tapetes y tablas, y sólo se detuvo cuando encontró su objetivo. Mas al alzar la vista para preguntar el precio de un par de botas recias y bien cosidas, encontró un par de ojos pardos y grandes que, como los del búho que reina en el bosque desde su atalaya de las copas de los árboles, le observaban, entre interesados y reflexivos, profundos en cualquier caso, revelando, únicamente, que tras ellos se ocultaba todo un mundo de críptica penumbra. Aquel par de ojos pertenecían a una muchacha de rostro dulce y sereno que, tomando de las manos del granjero el calzado elegido, lo envolvió en una tela para devolverle, después, el paquete resultante mientras decía, únicamente, lo siguiente: <>. El joven tomó el atado y se marchó, turbado y confuso. La mirada de la muchacha se le había clavado en el alma y no lograba hacerla desaparecer de su recuerdo. Surgió en su corazón una especie de ansia, de sed insaciable, una necesidad íntima de proximidad con la chica que no lograba apaciguar con ninguna otra ocupación ni labor. Durante los siguientes meses, bajó puntualmente cada semana a la aldea para visitar el mercado. Allí, vagaba entre los puestos, curioseando entre mantones y cacerolas, y contemplando furtivamente a la joven de los zapatos, sin hallar una excusa con la que acercarse a saludarla, pues sus relucientes botas nuevas se mantenían impecables día a día. Durante todo el invierno, el campesino trabajó duramente sus tierras esperando desgastar el calzado y poder así ir a comprar otro par, y bajó semanalmente para ojear las fruslerías de los buhoneros cercanos a la muchacha, sin atreverse nunca a decirle nada, manteniendo la distancia y disfrutando sólo de una paz a medias en su torturado deseo. Finalmente, con la llegada del buen tiempo, aparecieron dos grandes agujeros en las suelas de las botas y el muchacho, ilusionado, corrió a la aldea dispuesto a hacerse con su recambio. Halló a la joven en el lugar de costumbre y le mostró, satisfecho, el mal estado de sus botas. < >, exclamó sonriente. La joven le miró y dijo: < >. El campesino dudó pero, temeroso, recogió el nuevo par de botas y marchó a su casa apesadumbrado. Durante todo un año trabajó nuevamente sus tierras con gran afán, arando, cultivando, abonando, cuidando y cosechando. También siguió bajando al pueblo cada semana para rondar el puesto de zapatos sin llegar nunca a acercarse del todo. Tras el paso de las cuatro estaciones, no obstante, volvieron a aparecer las primeras señales de desgaste en el calzado y el joven, triunfante, se dirigió al puesto de la muchacha para mostrárselos. Ella repitió, casi exacta, la letanía de la vez anterior: < >. El campesino dudó una vez más, pero en esta ocasión decidió que aquel año de trabajo y miradas furtivas había sido ya suficientemente duro, por lo que dejó a un lado el calzado que la muchacha le ofrecía y, en su lugar, tomó a ésta de las manos y la llevó a su casa, y a los pocos días la tomó como esposa.
Durante un tiempo, su nueva condición de hombre casado le bastó para apaciguar su frenesí. Cada noche se dormían abrazados, y cada mañana, la joven esposa despertaba a su marido con un beso en los labios. Aquellos momentos proporcionaban al granjero una gran paz de espíritu. Sin embargo, esta situación no duró mucho. El anhelo, la extraña sed que le había atormentado durante más de un año volvió a aparecer, lo que le sumió en la confusión y el desconsuelo. No comprendía qué podía hacer para apaciguar su alma. Tomaba a su cónyuge con una pasión desbocada, la abrazaba fuertemente en el lecho y procuraba no separarse demasiado de ella, pero eso apenas lograba serenarle y le impedía vivir una existencia normal. Llegó a sospecharse víctima de algún hechizo, habida cuenta del origen romaní de su mujer.
Una noche, el joven se encontró tan inquieto y preocupado que no pudo conciliar el sueño. Contemplaba entre tinieblas a su esposa, ,debatiéndose entre el rencor que le producía verse incapaz de solventar sus problemas y el terror que manaba de la idea de perder a su amada precisamente por esa razón. La abrazó una vez más, como queriendo impedir que escapara volando de su lado, y sintió el palpitante ritmo de la circulación sanguínea palpitando en el cuello de la muchacha. Aquel latido comenzó a resonarle en la mente como un redoble de tambor, hasta nublar por completo su juicio. Delicadamente, para no hacer ruido, se levantó de la cama y se dirigió al corral posterior a la casa. Allí agarró al más imponente de sus gallos y, silenciándolo como buenamente pudo, le arrancó la más larga y delicada de sus plumas. Después la limpió, cortó el extremo superior y el inferior lo afiló como una aguja. Una vez hecho esto, volvió al dormitorio donde se aproximó a su esposa y, con gran cuidado de no despertarla, pinchó la vena en su cuello y bebió un sorbo de su sangre a través de la pluma hueca. Tan pronto como el rojo líquido empapó sus labios, el hombre se sintió transportado y lleno de una energía sobrenatural. Colmado de un éxtasis en el que se sintió uno con la mujer, vio desaparecer sus preocupaciones como por arte de magia, y el equilibrio volvió a su corazón. No quiso abusar, no obstante, del remedio hallado, por lo que tras libar apenas unas gotas extrajo la pluma, la limpió y la escondió, para regresar nuevamente al lado de su esposa y caer en el sueño más reparador que había disfrutado en muchas noches.
Convirtió este ritual en una costumbre. Cada noche, al sentir completamente dormida a su cónyuge, el granjero se levantaba, tomaba la pluma y sorbía unas gotas de sangre del cuello de la muchacha. Tras esto se dormía profundamente y no despertaba hasta que sentía los labios de ella sobre los suyos por la mañana. Sin embargo, transcurrido un tiempo, el joven comenzó a sentir fuertes remordimientos. Le preocupaba la forma en que su maniobra nocturna podría afectar a la salud de su amor, y realizarla de forma tan oculta le hacía verse a sí mismo como un traidor a la confianza de ella. Los besos matinales le sabían a sangre y la culpa le dominaba. Las preocupaciones volvieron a invadirle hasta que, una noche, a pesar de probar el preciado líquido, no pudo conciliar el sueño. La inquietud lo invadió de nuevo y permaneció en vela hasta los primeros despuntes del amanecer, en que sintió que la muchacha comenzaba a despertar. Avergonzado y temiendo tener que explicar los motivos que le habían mantenido despierto, el campesino se fingió dormido. Pudo sentir, así, los suaves dedos de la joven acariciarle el pelo. Después, notó que ésta se levantaba de la cama, movía con cuidado algún objeto de la habitación y volvía al lecho. Entonces, un dolor ligero pero agudo estalló en el cuello del hombre, que abrió sorprendido los ojos para descubrir cómo su esposa bebía su sangre a través de una caña cortada con una aguja anudada a su extremo. La mujer, viéndose sorprendida, dio un respingo asustada y enrojecida, esperando una reacción enfurecida y violenta por parte de su marido. Sin embargo, éste se sentía aliviado y comprendido. Entendió que los besos de sangre de la mañana tenían el sabor de su sangre y la de la mujer, fundidas, y halló, por fin, descanso a sus tribulaciones. Tomó a su esposa entre sus brazos y, con los primeros rayos del amanecer, concibieron a su primogénito.
La pareja siguió alimentándose el uno del otro durante los largos años de una vida compartida y prolongada que causó la admiración de todos los aldeanos, y sus vástagos iniciaron una raza de hombres y mujeres que, cada noche, se levantan de sus camas para beber el alma de otras personas a través de la sangre.

