Habas y Chianti

La esquinita literaria de Patu en Internet

Nombre: Patricia Losa Pedrero
Lugar: Alguno por ahí, Spain

Soy traductora aspirante a escritora y busco mi lugar en el mundo.

lunes, abril 07, 2008

Del nirvana, la primavera y otros cuentos.

Releo mi entrada anterior y me doy cuenta de lo ceniza que puedo llegar a ser algunas veces. Hasta cierto punto esa costumbre mía de actualizar el blog con ese tono oscuro no deja de ser una maniobra defensiva para tratar de evitar que se estropeen las cosas cuando van bien. Pero claro, luego te llama por teléfono una amiga toda preocupada porque ha visto lo que has escrito y no descarta que te estés planteando el suicidio por lo menos. Tampoco es eso. La verdad es que no me va mal. Siento más paz interior de la que he experimentado en mucho - y digo mucho, pero mucho, mucho - tiempo. Tengo dinero, tengo amigos, tengo planes y tengo ganas de hacer muchas cosas. Además me encanta pasear con mi perra. Me permite respirar aire un poco más limpio de lo habitual y reflexionar sobre mi vida: sobre lo que hago bien, sobre lo que hago mal y sobre lo que tengo que cambiar. Creo sinceramente que estoy aprendiendo mucho, y me gusta.

Contribuye, además, a este estado de optimismo relajado ver que, en mi entorno, van bien las cosas. Salvo algún golpe de mala suerte por parte de alguna (no todo el monte puede ser orégano), en general no me puedo quejar del devenir diario para mis allegados. El desempleado encuentra empleo, la descontenta consigo misma recuerda cómo quererse. Pero lo que más me gusta es que el amor fluye por los primaverales campos de la estepa castellana y un poco más allá. Qué bonito es el amor y qué cursi parece el comentario, pero no. Me alegra, consuela y llena de gozo contemplar cómo la que se encontraba sumida en una relación tormentosa parece hallar, por fin, algo de reposo; cómo el que juraba y perjuraba no creer en el amor romántico me habla de una recién hallada en colores pastel; cómo el loco se marcha tras su loca, atravesando océanos y continentes hasta tierras lejanas y extrañas. Es bonito, qué carajo.

Tanto azúcar y abejitas libando flores me demuestra que somos capaces de buscar el amor hasta debajo de las piedras y me recuerda una curiosa situación que viví una vez en Alemania. Una noche de fiesta acabé hablando, no preguntéis por qué, con una chica de no recuerdo qué país eslavo sobre mitologías del mundo. La muchacha era una gran aficionada a las leyendas y mitos populares, y me contó que en su región existía un relato que le daba un origen de lo más inusual al muy extendido personaje, por todo el folclore mundial, del vampiro. Lo he redactado un poco para que quede algo más literario, pero lo que más o menos me contó en un chocante diálogo bilingüe anglogermánico, fue lo siguiente:

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Un granjero joven vivía solo en su aldea de las montañas. Su existencia transcurría cómoda y apacible y, a pesar de hallarse en edad de encontrar esposa, este pensamiento no enturbiaba su espíritu ni trastocaba el devenir de sus días. Las mujeres no le interesaban más de lo que pudieran hacerlo la salud de sus cabras o la caída de las lluvias sobre sus tierras, por lo que continuaba dedicándose a sus quehaceres habituales sin prestar demasiada atención a la población femenina de su entorno.

Quiso el azar, sin embargo, que una mañana se acercara al mercado a buscar un par de botas nuevas, pues las suyas, debido al arduo trabajo en la granja, se encontraban en muy mal estado. Cada semana, una tropa de buhoneros cíngaros llegaba al pueblo con sus coloridas mercancías, que intercambiaban de buen grado por productos de la tierra y monedas de diverso cuño. El granjero, hombre pragmático ligado a sus costumbres, no solía perder mucho tiempo ni dinero en los puestos de los gitanos, si bien es cierto que la necesidad le empujaba, en algunas ocasiones, a dirigirse a tenderetes muy concretos con el objeto de hacerse con algún objeto indispensable en sus labores. Aquella mañana, pues, se apresuró el joven a buscar calzado al mercado ambulante. Caminaba con la cabeza gacha, observando los bienes expuestos sobre tapetes y tablas, y sólo se detuvo cuando encontró su objetivo. Mas al alzar la vista para preguntar el precio de un par de botas recias y bien cosidas, encontró un par de ojos pardos y grandes que, como los del búho que reina en el bosque desde su atalaya de las copas de los árboles, le observaban, entre interesados y reflexivos, profundos en cualquier caso, revelando, únicamente, que tras ellos se ocultaba todo un mundo de críptica penumbra. Aquel par de ojos pertenecían a una muchacha de rostro dulce y sereno que, tomando de las manos del granjero el calzado elegido, lo envolvió en una tela para devolverle, después, el paquete resultante mientras decía, únicamente, lo siguiente: <>. El joven tomó el atado y se marchó, turbado y confuso. La mirada de la muchacha se le había clavado en el alma y no lograba hacerla desaparecer de su recuerdo. Surgió en su corazón una especie de ansia, de sed insaciable, una necesidad íntima de proximidad con la chica que no lograba apaciguar con ninguna otra ocupación ni labor. Durante los siguientes meses, bajó puntualmente cada semana a la aldea para visitar el mercado. Allí, vagaba entre los puestos, curioseando entre mantones y cacerolas, y contemplando furtivamente a la joven de los zapatos, sin hallar una excusa con la que acercarse a saludarla, pues sus relucientes botas nuevas se mantenían impecables día a día. Durante todo el invierno, el campesino trabajó duramente sus tierras esperando desgastar el calzado y poder así ir a comprar otro par, y bajó semanalmente para ojear las fruslerías de los buhoneros cercanos a la muchacha, sin atreverse nunca a decirle nada, manteniendo la distancia y disfrutando sólo de una paz a medias en su torturado deseo. Finalmente, con la llegada del buen tiempo, aparecieron dos grandes agujeros en las suelas de las botas y el muchacho, ilusionado, corrió a la aldea dispuesto a hacerse con su recambio. Halló a la joven en el lugar de costumbre y le mostró, satisfecho, el mal estado de sus botas. <>, exclamó sonriente. La joven le miró y dijo: <>. El campesino dudó pero, temeroso, recogió el nuevo par de botas y marchó a su casa apesadumbrado. Durante todo un año trabajó nuevamente sus tierras con gran afán, arando, cultivando, abonando, cuidando y cosechando. También siguió bajando al pueblo cada semana para rondar el puesto de zapatos sin llegar nunca a acercarse del todo. Tras el paso de las cuatro estaciones, no obstante, volvieron a aparecer las primeras señales de desgaste en el calzado y el joven, triunfante, se dirigió al puesto de la muchacha para mostrárselos. Ella repitió, casi exacta, la letanía de la vez anterior: <>. El campesino dudó una vez más, pero en esta ocasión decidió que aquel año de trabajo y miradas furtivas había sido ya suficientemente duro, por lo que dejó a un lado el calzado que la muchacha le ofrecía y, en su lugar, tomó a ésta de las manos y la llevó a su casa, y a los pocos días la tomó como esposa.

Durante un tiempo, su nueva condición de hombre casado le bastó para apaciguar su frenesí. Cada noche se dormían abrazados, y cada mañana, la joven esposa despertaba a su marido con un beso en los labios. Aquellos momentos proporcionaban al granjero una gran paz de espíritu. Sin embargo, esta situación no duró mucho. El anhelo, la extraña sed que le había atormentado durante más de un año volvió a aparecer, lo que le sumió en la confusión y el desconsuelo. No comprendía qué podía hacer para apaciguar su alma. Tomaba a su cónyuge con una pasión desbocada, la abrazaba fuertemente en el lecho y procuraba no separarse demasiado de ella, pero eso apenas lograba serenarle y le impedía vivir una existencia normal. Llegó a sospecharse víctima de algún hechizo, habida cuenta del origen romaní de su mujer.

Una noche, el joven se encontró tan inquieto y preocupado que no pudo conciliar el sueño. Contemplaba entre tinieblas a su esposa, ,debatiéndose entre el rencor que le producía verse incapaz de solventar sus problemas y el terror que manaba de la idea de perder a su amada precisamente por esa razón. La abrazó una vez más, como queriendo impedir que escapara volando de su lado, y sintió el palpitante ritmo de la circulación sanguínea palpitando en el cuello de la muchacha. Aquel latido comenzó a resonarle en la mente como un redoble de tambor, hasta nublar por completo su juicio. Delicadamente, para no hacer ruido, se levantó de la cama y se dirigió al corral posterior a la casa. Allí agarró al más imponente de sus gallos y, silenciándolo como buenamente pudo, le arrancó la más larga y delicada de sus plumas. Después la limpió, cortó el extremo superior y el inferior lo afiló como una aguja. Una vez hecho esto, volvió al dormitorio donde se aproximó a su esposa y, con gran cuidado de no despertarla, pinchó la vena en su cuello y bebió un sorbo de su sangre a través de la pluma hueca. Tan pronto como el rojo líquido empapó sus labios, el hombre se sintió transportado y lleno de una energía sobrenatural. Colmado de un éxtasis en el que se sintió uno con la mujer, vio desaparecer sus preocupaciones como por arte de magia, y el equilibrio volvió a su corazón. No quiso abusar, no obstante, del remedio hallado, por lo que tras libar apenas unas gotas extrajo la pluma, la limpió y la escondió, para regresar nuevamente al lado de su esposa y caer en el sueño más reparador que había disfrutado en muchas noches.

Convirtió este ritual en una costumbre. Cada noche, al sentir completamente dormida a su cónyuge, el granjero se levantaba, tomaba la pluma y sorbía unas gotas de sangre del cuello de la muchacha. Tras esto se dormía profundamente y no despertaba hasta que sentía los labios de ella sobre los suyos por la mañana. Sin embargo, transcurrido un tiempo, el joven comenzó a sentir fuertes remordimientos. Le preocupaba la forma en que su maniobra nocturna podría afectar a la salud de su amor, y realizarla de forma tan oculta le hacía verse a sí mismo como un traidor a la confianza de ella. Los besos matinales le sabían a sangre y la culpa le dominaba. Las preocupaciones volvieron a invadirle hasta que, una noche, a pesar de probar el preciado líquido, no pudo conciliar el sueño. La inquietud lo invadió de nuevo y permaneció en vela hasta los primeros despuntes del amanecer, en que sintió que la muchacha comenzaba a despertar. Avergonzado y temiendo tener que explicar los motivos que le habían mantenido despierto, el campesino se fingió dormido. Pudo sentir, así, los suaves dedos de la joven acariciarle el pelo. Después, notó que ésta se levantaba de la cama, movía con cuidado algún objeto de la habitación y volvía al lecho. Entonces, un dolor ligero pero agudo estalló en el cuello del hombre, que abrió sorprendido los ojos para descubrir cómo su esposa bebía su sangre a través de una caña cortada con una aguja anudada a su extremo. La mujer, viéndose sorprendida, dio un respingo asustada y enrojecida, esperando una reacción enfurecida y violenta por parte de su marido. Sin embargo, éste se sentía aliviado y comprendido. Entendió que los besos de sangre de la mañana tenían el sabor de su sangre y la de la mujer, fundidas, y halló, por fin, descanso a sus tribulaciones. Tomó a su esposa entre sus brazos y, con los primeros rayos del amanecer, concibieron a su primogénito.

La pareja siguió alimentándose el uno del otro durante los largos años de una vida compartida y prolongada que causó la admiración de todos los aldeanos, y sus vástagos iniciaron una raza de hombres y mujeres que, cada noche, se levantan de sus camas para beber el alma de otras personas a través de la sangre.
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miércoles, marzo 19, 2008

Posteo, luego existo

Aquí estoy, muerta de sueño a las 22:20 de la noche de un miércoles festivo, víspera de una escapadita erótico-lúdico-etílico-festiva, y actualizando como una campeona. ¿Y por qué - os preguntaréis - ando posteando en circunstancias tan poco propicias? Pues porque he caído recientemente en la cuenta de que el principal motivo por el cual no lo he hecho en los últimos meses es una tontería como un campano. Tenía yo la absurda creencia de que nada que me pasara aquí podría resultar tan interesante para un lector externo como lo que me aconteciera en tierras extrañas, preferiblemente extranjeras. Craso error. Mi vida tiene que ser necesariamente igual de curiosa vista desde fuera me encuentre yo en Alemania, en las islas o en Tegucigalpa (que aún no conozco, pero todo es ponerse) porque, a fuerza de ser sincera, he de admitir que soy igual de desastrosa, caótica, chapucera y catastrófica esté donde esté aposentado mi notable culo.

Las cosas como son. Acabo de cumplir 25 años. Vivo con mis padres. Oficialmente, nunca dejé de residir con ellos, y apenas puede decirse que llegué a independizarme completamente alguna de las numerosas veces que he abandonado el nido paterno para echarme a recorrer estos mundos de diosa. Tengo dos trabajos: uno de tarde del que, me sospecho, están a punto de despedirme porque se me da fatal; cosa que tampoco me extraña teniendo en cuenta que me metí en él única y exclusivamente para poder permitirme trabajar en mis ratos libres en lo que realmente me gusta: la traducción. Mi trabajo de las mañanas. Que está suspendido hasta nuevo aviso porque el editor con el que estaba empezando a colaborar ha desaparecido de la faz de la tierra. Mi perra no me tiene el más mínimo respeto. Normal, tampoco es que yo me respete mucho. No tengo dinero, ni expectativas, ni idea de qué hacer con mi vida. Se me está agriando el carácter con cada año que cumplo. Y esa serie de catastróficas desdichas que componen toda mi vida amorosa, y que alcanzaron su culmen en mi sonada tocata y fuga de este verano, me han terminado convirtiendo en una paranoica emocional que ve fantasmas hasta debajo de las piedras. No es muy sano que digamos. Que se lo digan a mi actual, que se está chupando unos cambios de humor que haría volverse verde de envidia (juas juas) a la mismísima Reagan de "El Exorcista"

Así que me he dado cuenta de que soy como una especie de vórtice cósmico que va creando desequilibrios kármikos allá por donde va. Ergo, puedo tomármelos a cachondeo, escribir sobre ellos y, quién sabe, a lo mejor hasta encontrar soluciones y todo. Sin presión, no obstante, que mi profesora de yoga me ha dicho que tengo que tomarme las cosas con más calma. Curioso personaje, dicho sea de paso, capaz de descubrir de un simple vistazo lo que muchas otras personas no perciben en años de trato conmigo: que bajo mi fachada de aparente parsimonia despreocupada soy un manojo de nervios pasivo-agresivos potencialmente peligrosos. Por el bien de la sociedad, lleva meses tratando de enseñarme a respirar despacito y a descargar la escopeta. Al Gore, claramente, le ha robado el Nobel de la Paz.

Una vez aclarado esto, os invito a que volváis a leerme como antaño, que me hacía ilusión lo de no predicar del todo en el desierto. Cuidáos todos, almitas de cántaro, y disfrutad de las vacaciones para encontrar la iluminación. O para ir al cine, que también está muy bien.

sábado, diciembre 29, 2007

Volver

Han pasado casi seis meses desde la última vez que posteé. No sé si me apetece dar explicaciones de por qué hace tanto que no escribo. Muerta no he estado, pero tampoco de parranda, precisamente. Mis lectores habituales y mis amigos, en general, saben que atraigo los accidentes emocionales, y en este medio año se han ido sucediendo uno detrás de otro en apretada hilera, hasta quebrar mi autoconfianza y mi fe en mí misma. No se lo recomiendo a nadie.

Quejarse, no obstante, no supone más solución que el innegablemente placentero cosquilleo de satisfacción que provoca en el estómago del doliente, por lo menos en mi caso, así que una vez agotadas mis reservas de autocompasión, toca hacer limpieza y volver a ponerse en marcha. Para empezar, me obligo a escribir, nuevamente, en esta bitácora que, si bien ha perdido por segunda vez su objetivo y su sentido, adquiere otro nuevo y hace gala de un sano espíritu veleta heredado directamente de una servidora, que para eso soy la que escribe. Escribo aquí por escribir algo, y punto. Una razón tan sólida como otra cualquiera si tenemos en cuenta que no he vuelto a redactar nada potable desde que me quedé sin trabajos (en plural correctamente elegido).

Así que al carajo, si me apetece ya iré revelando los oscuros sucesos de los últimos meses. O no, que hay quien me ha dicho que el aire misterioso me queda muy bien. Saludos a todos, y bienvenidos de nuevo.

domingo, junio 10, 2007

De retornos, presión y estados de ánimo

Me prometí a mí misma que sólo procuraría escribir cuando me encontrara en un estado emocional equilibrado o cuando, al menos, fuera capaz de mantener la cabeza fría. Tiendo a la visceralidad, y eso me ha traído más de un quebradero de cabeza, por lo que me había propuesto no hablar sin pensar. Sin embargo, llevo ya un mes y medio tratando de recuperar la serenidad, y a esta bitácora comienzan a salirle telarañas, por lo que procuraré expresarme con sensatez y brevedad, al menos para que sepáis algo de mi existencia reciente y mi estilo literario no acabe siendo carne de pira.
Mis últimas semanas han venido marcadas, en primer lugar, por el estrés. La divertida asociación de exámenes en mi instituto alemán junto con la contrarreloj en la que se terminó convirtiendo la traducción en la que andaba enredada, llegó a un punto tal que mis horas de trabajo duplicaban mis horas de sueño. Como efecto colateral cabe señalar que mi higiene personal y doméstica se resintieron notablemente. Viéndolo en retrospectiva, mi imagen ofrecía cierta similitud con el clásico ermitaño medio loco que vive en las montañas sumido en el ascetismo, o se encarama hasta lo alto de una columna para meditar y ayunar. Tenía las características básicas, tales como la dieta pobre, las greñas, la palidez y delgadez insana, la falta de vida social y las ojeras dignas de estudio antropológico. Como nota de modernidad, cabría señalar que, una vez el café perdió todo efecto sobre mi organismo, la necesidad biológica de azúcares y cafeína me causó una recaída en mi adicción a la coca cola, de la que aún trato de recuperarme.
Finalmente, acabé tanto la traducción como mi labor docente. Me premié a mí misma con un relajante fin de semana en Bayreuth, cita ineludible antes de la partida a la madre patria. La historia jamás ha contemplado una batalla tan sangrienta, cruenta, agónica y alcohólica sobre un tablero de Risk como la que vivimos la noche del sábado. Alianzas, engaños y traiciones regadas en cerveza y vino entre gritos de "No mames, güey". Porque no todo en esta vida es irse de bares, gente. Por lo demás, y como ya comenté, siempre es agradable volver allí y reencontrarse con mis siempre excelentes anfitriones e incluso conocer a gente nueva, si bien me quedaron algunos por saludar a los que no logré encontrar, como esperaba.
El lunes por la tarde regresó la presión. Cualquier persona sola que haya tratado de organizar una mudanza en dos días y medio sabrá lo que quiero decir. Cinco paquetes, una mochila, una bolsa de viaje y el Mastodonte Rojo con el fuelle desplegado albergan todas mis posesiones materiales. Tuve que dejar atrás algunos elementos muy queridos, como las dos copas de vino con las que seducí a mi mallorquín. Me queda el consuelo de saber que cedo mi casa y mis bienes a un divertido matrimonio chino, que se apropió de mis timbres y de mi buzón incluso antes de que me hubiera marchado, pero que al menos tuvo la bondad de darme conversación, comprarme los muebles casi por hacerme un favor, regalarme una funda de móvil francamente hortera, perdonarme la tarea de pintar las paredes y ayudarme a transportar mi equipaje hasta la parada de metro. También me descubrieron curiosos datos culturales, como que en China venden Cola Cao el cual, dicho sea de paso, se considera un producto exótico y de lujo.
Después, más de lo de siempre: un viaje eterno transportando la casa a cuestas y aguantando las típicas bromitas de turno de tooooodos los oficiales de aduana, seguridad y vigilancia apostados en los rincones a lo largo del trayecto desde el aeropuerto hasta mi casa, pasando por el metro y la estación de Renfe - "juer, hija, que cargada vas" y otras frases de similar calado intelectual.
A partir de entonces, la completa desconexión. Actualmente podría decirse que me estoy "formateando". No os molestéis, pues, los que me veáis en los próximos días si me notáis taciturna y pasiva, cuando no directamente apática. Me pasa siempre que acabo un ciclo y empiezo uno nuevo, especialmente si me encuentro, como ahora, en un momento de absoluta incertidumbre y a la espera de que mi editor dé señales de vida, de que alguien tenga la bondad de presentarme a su asesor financiero ( y no miro a nadie), de que la gestoría de Alemania me devuelva el dinero de la fianza del piso, de sacarme el práctico del carné de conducir, de atar cabos, de ver a todo el mundo, de volver a las islas, de descansar de verdad, de que se me acaben los de's. La ansiedad, como señalé al principio de esta entrada, me agría el carácter. Se me pasará, no obstante. Luego, vuelta a empezar.
Probablemente la próxima vez que escriba sea desde un lugar soleado y bañado por el mar. Hasta entonces, suerte en los exámenes para quien los tenga, felices vacaciones para quien ya las disfrute y mis cariñosos saludos a todos en general.

viernes, abril 27, 2007

De juegos de cartas, estrenos,relaciones familiares e incipientes complejos de Peter Pan

Sí, es cierto, llevaba la vida sin escribir. Las últimas semanas, a pesar de proporcionarme abundante material para mis frecuentes divagaciones, no me han dado tregua suficiente como para sentarme a recopilarlas y redactarlas en condiciones. Hoy, después de haber renunciado dolorosamente a la visita a la fábrica de Paulaner que me ofreció mi jefe de departamento, y ante la perspectiva de un fin de semana de reclusión forzosa poniendo al día mi actual traducción (con la consiguiente ausencia de mi persona en la fiesta de mayo de Bayreuth que, si bien no recuerdo con claridad, probablemente debido al estado de casi permanente embriaguez en que me encontré durante mi erasmus y que me permitió mantener una figura espléndida, me han comentado que es fabulosa), me he permitido la licencia de dedicarle un par de minutos a la actualización de mi espacio. A veces trabajar puede ser francamente duro. Que nadie me malinterprete: doy gracias a los dioses por otorgarme la posibilidad de llegar a dedicarme algún día a tiempo completo a aquello que me gusta y me llena, y también considero francamente positiva la experiencia de mi año aquí, que me ha hecho madurar y alcanzar unos inauditos niveles de confianza en mí misma. Únicamente quisiera señalar que todos estos logros no están exentos de cierta carga de sacrificios, principalmente en materia de tiempo libre y estudio robado. Como dice una gran canción, "the Gambler", de Kenny Rogers: "Todos los tahúres saben que el secreto de su supervivencia/ consiste en saber qué cartas arrojar y con cuáles quedarse".
Suspiros aparte, estamos de estreno, por partida doble. Mi segunda traducción, si no está ya en el mercado, al menos ya ha salido de imprenta. Se titula "La Gran Emergencia", a pesar de que, en mi humilde opinión, el título que yo sugerí, "La Emergencia Prolongada", es mucho más impactante y literario. En cualquier caso, el primer capítulo puede descargarse de forma gratuita y legal en el siguiente enlace:
Se lo recomiendo encarecidamente a todos los que no pudieron con mi anterior libro: éste es bastante menos denso y más abierto al público general, pero la temática es sustancialmente más catastrofista. Aunque, quién sabe, quizá modifique vuestra visión del mundo.
Estreno también mi propia página web, gracias a los chicos de IDATEL (toma propaganda gratuita): . El día que me haga una firma en condiciones para el correo electrónico comenzaré a sentirme casi como una profesional de verdad.
En cuanto a mis recientes experiencias, supongo que lo más destacable sería el aluvión de visitas vivido recientemente. No me extenderé en los pormenores de la estancia de mi mallorquín particular, porque rompería con esa imagen de seispesetas que tanto me esfuerzo en cultivar, así que únicamente señalaré que debo estar haciéndome vieja, porque cuento los minutos para volver a las islas. Este hecho se producirá, dicho sea de paso y según espero, a principios de julio o finales de junio, y durará lo que quieran los hados que dure. Es un anuncio oficial, que por supuesto tiene su versión suavizada para mis señores progenitores. De momento saben que tengo la intención de volver a su casa durante un periodo limitado de tiempo, y que mi posterior marcha y consecuente emancipación práctica bien podría tener lugar fuera de Valladolid. Ya es más comunicación y sinceridad mutua de la que hemos tenido en años, y me hubiera atrevido a ser más directa todavía de no haber sido por la peculiar y decepcionante concepción que mi padre demostró tener de mi vida sentimental. Sin el más mínimo atisbo de rencor a mi antiguo partenaire, que me estará leyendo, no pude menos que quedar asombrada e indignada cuando la ilustre figura que me donó su apellido me espetó al anunciarle mi renovada ilusión por las relaciones de pareja la siguiente puñalada: "Entonces, ya es definitivo que no vas a volver con Antonio, ¿no?". Para quien no lleve la cuenta, señalaré que lo nuestro acabó hace ya casi año y medio, y que el susodicho mantiene una feliz relación de unos trece meses con una encantadora palentina. Moraleja: Nunca te líes con nadie que le caiga a tus padres mejor que tú.
Independientemente de este chubasco en la tormenta casi permanente que son mis relaciones familiares, con la notable excepción de mis hermanas y mi primo, a los que cada día quiero más y que aún conservan algo de mi fe en esta vetusta institución, la visita de mis progenitores ha sido bastante liberadora. Como ya he señalado con anterioridad, hemos hablado mucho. Aunque un fin de semana de convivencia intensiva no basta para compensar 24 años de falta de comprensión mutua, al menos se ha respirado un cierto ambiente de consenso durante buena parte de su estancia. Esto me da esperanzas: si mi carrera como traductora no termina de cuajar, siempre podré irme a mediar en acuerdos de paz a Oriente Medio.
Tiempo ahora de nuestra nota gastronómica alemana. Hoy: los rábanos, nabos y otras hortalizas semejantes (son hortalizas, ¿verdad?). Esas verduras, grandes desconocidas, que no saben absolutamente a nada, pero que aquí añaden su particular nota de color a las ensaladas, son el acompañamiento indispensable de una buena Mass de cerveza, junto con el Brezel (o Brezen, o Pretzel, lo he visto escrito de mil millones de formas distintas, tanto por autóctonos como por foráneos). Aparte del placer que pueda suponer masticar una sustancia blancuzca y porosa que, por lo demás, debe ser una sensación muy similar a la que produzca comer agua, al parecer la variedad concreta de nabo que se suele tomar con la cerveza es un excelente diurético que te permite expulsar el alcohol con suficiente rapidez como para que no te afecte demasiado. Viva la cultura popular. ¿Servirá también para engañar al "soplómetro"? Espero que nadie lo intente, por lo que pueda pasar.
Con lo dicho, pongo fin a mi informe, que ya me ha robado más tiempo del que debería haberle dedicado, y vuelvo a mis quehaceres antes de que llegue mi alumno de los viernes. Numerosos aspectos de mi vida actual quedan por contar, pero el deber me reclama, y mi deuda temporal con los hombres grises ya es demasiado abultada. Desde que estoy aquí me siento más identificada con el Conejo Blanco de lo que lo he hecho en toda mi existencia terrenal. ¿Será mi animal totémico, y yo sin saberlo? Lo que es cierto es que el compás de los relojes empieza a sonarme con distinta melodía que antaño, e incluso últimamente me concedo la licencia de echar alguna miradita a mi pasado, costumbre que no suelo aprobar en mí misma. Una muestra: he decidido rescatar dos de mis cumbres infantiles, maestras de mi precoz querencia por la evasión y la fantasía, a saber, los comics de "Los Pitufos", y la película "El Vuelo de los Dragones", bella historia y maravillosa banda sonora las de ésta última. Acongojada me hallo ante mis reacciones.
Sin más me despido que el segundero no perdona. Un saludo.

sábado, marzo 24, 2007

Fe de erratas a pedofobia, pedagofilia, etc etc

Estáis guerreros últimamente... Y además me protestáis en comandita: el otro día los historiadores y hoy, los vascos. En fin, lo que hay que aguantar.
Bueno, primero de todo. Asier, no recuerdo exactamente cuáles fueron tus palabras textuales, pero el significado de las mismas venía a ser algo parecido a eso: que la denominación de cuñado te parecía excesivamente formal. Y lo de que a quién pretenderá engañar sabes que es cariñoso, hombre. Por cierto, es bretzel, no pretzel. ¡¡Y deja de dar por culo con las salchichas, "pesao"!!
Lander, tienes razón, es Matt, el Viajero, o Travelling Matt en su versión original, y su nombre es un juego de palabras-homenaje a una técnica cinematográfica. Pero que pongas en duda mi adoración por Jim Henson en general y por los fraggle en particular es algo que me ofende y me duele. Hay una cosita que quisiera explicar a los presentes. Tengo un gravísimo problema con la memorización de nombres: me cuesta muchísimo recordarlos y relacionarlos con aquello a lo que hacen referencia. Ejemplo: Sé que en la literatura de Tolkien existían, al menos, cuatro razas distintas de elfos, si no alguna más. Sé que se formó una con los elfos que no abandonaron la Tierra Media para partir hacia Valinor cuando los Valar fueron a buscarlos (puede que fueran dos, pero no estoy segura porque a menudo confundo los contenidos del Silmarillion con los del Libro de los Cuentos Perdidos), y que entre los que sí la abandonaron se formaron otras tres, cada una con su propia lengua y un talento diferenciado, porque diferentes Valar los tomaron bajo su protección: estaban los orfebres, que crearon los Silmaril; los marineros que construyeron los barcos en los que regresaron a la Tierra Media, y los otros que, si mal no recuerdo, eran buenos en las artes, aunque no estoy del todo segura. Incluso sé que Tolkien creó las distintas lenguas inspirándose en lenguas reales: unos hablan algo parecido al finnés, otros al gaélico, etc. Pero no tengo ni puta idea de cómo se llama cada raza. Así de claro. Lo leí en su momento, y si lo leyera en alguna parte lo reconocería, pero sinceramente, no me acuerdo de los nombres. Sin embargo, no creo que eso quiera decir que no tengo ni idea de Tolkien. Bueno, pues lo mismo me pasa con la Guerra de las Galaxias, con los Pitufos, con Harry Potter, con las Crónicas Vampíricas, con Friends, con Expediente X, con los Simpsons, con la literatura universal y con mi vecina de enfrente, que te aseguro que no recuerdo cómo se llama. ¡Qué carajo, pero si me tiré un año sin estar muy segura de quién era Asier y quién era Lander, y ni siquiera os conoceis entre vosotros!

viernes, marzo 16, 2007

De pedofobia,pedagofilia, amor fraterno,onomásticas y gastronomía (vivan las lenguas muertas)

Buenos días, queridos míos. Continúo el desglose de mis aventuras, pero en primer lugar, me disculpo ante mis historiadores favoritos por los dos errores cometidos en anteriores entradas: (1) Vale, Bayreuth es la capital de la Alta Franconia y no de la Baja Franconia, mil perdones. (2)Efectivamente, el samovar es un invento ruso, pero su uso se introdujo en Persia en el siglo XVIII como mínimo, por lo que se le considera un elemento cultural profundamente arraigado en la cultura local. Si te fijas, creo recordar que yo no dije nada de que la procedencia original de dicho aparato fuera iraní, sino que sólo señalé su importancia en la vida diaria de mi vecina y de otros compatriotas asentados en Alemania, más de 1.000, por cierto, de la misma manera que el roscón de reyes es importante para los españoles aunque la receta original proviniera de Francia. Ahí queda eso.
Cambiando de tema: loados sean los dioses porque pronto vendrán las vacaciones. Vacaciones que muy probablemente me pillen inmersa en la traducción de un nuevo libro, pero me conformo con pensar que al menos durante un par de semanas descansaré de tanto pequeño bastardo adolescente y disfrutaré de la agradable compañía de mi primer visitante repetido. En realidad no les tengo tanta manía a los chavales como pueda parecer, sin embargo ellos están tan cansados como yo, y lamentablemente eso repercute en su comportamiento en clase y en mi salud mental. Años después, y con la sabiduría que da la experiencia, estoy empezando a desarrollar cierta admiración por la figura del profesor, no sólo por su labor frente al mundo, sino por la tremenda dureza emocional que ésta exige. No estoy hablando del caso de alguien que acabe dando clases en un instituto marginal amenazado de muerte por cuatro gamberros, sino del profesor medio, el normal y corriente, que tiene que enfrentarse cada día, cara a cara, a un jurado implacable de 30 personas, a un público exigente y voluble, a una cuerda de presos condenados a trabajos forzados. He visto a compañeros volverse duros e impermeables a cualquier forma de piedad o compasión, a profesoras jóvenes acabar al borde del llanto tras una clase que no ha salido bien, o a expresar una forma de júbilo comparable al producido por una sustancia psicotrópica tras un día pletórico ante su caterva de neardenthales. En fin, creo que no me dedicaría profesionalmente a esto por nada en el mundo.
En cualquier caso, y como he mencionado anteriormente, las vacaciones están a la vuelta de la esquina. Hace poco tuve un adelanto personificado en la visita de mis hermanas y mi "no cuñado", denominado así por petición expresa del susodicho, quien afirmó sentirse muy mayor al tratarle con tal apelativo. A quién pretenderá engañar, digo yo. No seré muy dura con él, no obstante, ya que tuvo que lidiar durante una semana con las tres hermanas Losa reunidas en una sola vivienda. He de decir, que aunque tuve que trabajar por las mañanas, se las arreglaron bastante bien ellos solitos, y no se perdieron ni provocaron ningún conflicto internacional. A pesar de todo, fue divertido ejercerles de intérprete, algo que favoreció notablemente mi autoestima, así como de guía por el Munich coloquial: las tiendas de gominolas, las pastelerías, los biergarten, las cafeterías-restaurante establecidos en antiguos búnker o sótanos con decoración hiperkisch, los U-bahn y los S-bahn, etc etc. Ellos, por su parte, se las apañaron para que yo descubriera el Munich turístico, que tenía bastante abandonado. A destacar la visita a los Estudios Baviera, donde pudimos observar los platós del culebrón alemán de moda, Marienhof, que protagoniza un primo lejano nuestro, Alfonso Losa; así como rodar algunas escenas de la última comedia realizada por uno de los actores cómicos más populares del país, dar una vueltecita sobre Fujur, el dragón de la suerte; o curiosear por los recovecos del submarino de "das Boot", entre otras. Francamente divertido. También recordar el camaleónico estadio del Bayern de Munich, el Allianz Arena, con su divertida costumbre de cambiar de color cada vez que nos dábamos la vuelta. Va en serio. Colgaría algunas fotos de nuestras hazañas, pero me temo que no tendré copias en mi poder hasta mi vuelta a España, allá por junio, por lo que las almas más curiosas pueden ojear el fotolog de mi hermana Lorena: www.fotolog.com/beldandy
Me dejo un millón de experiencias divertidas en el tintero, pero luego pongo ladrillos en lugar de textos y os quejais, así que iré desgranando poco a poco según la ocasión lo propicie. Lo principal es que disfruté enormemente su visita y agradecí tener a gente aquí que me diera en vivo y en directo mis regalitos de cumpleaños.
Por cierto, esta vez, mi onomástica ha estado pasada por libros. La amplia mayoría de los obsequios recibidos son obras literarias de un tipo u otro. Con la notable excepción de las gafas de sol que me envió mi madre y el pack Alfredo Landa de embutidos varios de mis abuelos, he podido recibir obras tan notables como el pequeño recopilatorio de aventuras de Charlie Brown que Isa me obsequió; la Biblia de las brujas, también recopilatorio de dos de las obras más notables del matrimonio Farrar (algún día añadiré una entrada dedicada exclusivamente a la Wicca, pero es una larga historia y debe contarse en otra ocasión), por cortesía de mis tres visitantes recientes; o la pequeña biblioteca de Michael Ende en alemán que he empezado a crear gracias a las contribuciones económicas del resto de mi familia. Para comenzar: La Historia Interminable, Jim Botón y Lucas el Maquinista, y El Ponche Mágico. Actualmente combino la lectura de la Biblia de las Brujas con la Historia Interminable, y estoy disfrutando como una enana. Con la primera porque es una obra de referencia básica para todo aquel interesado en el tema de la brujería actual, y que además viene en edición de lujo forrada en terciopelo morado (aparte del hecho absolutamente esencial para mí que es el que sea la primera obra del tema que puedo leer en español) y con la segunda porque me estoy enterando de casi todo y además estoy aprendiendo muchísimo vocabulario.
Terminaré la entrada con la nota gastronómica del día. Hoy: la importancia de la grosella en la cultura alimentaria alemana. Para quien ni siquiera sepa lo que es una grosella, diré que se trata de una baya globosa de color verde, rojo o morado, muy jugosa y de sabor agridulce. Al natural sólo las he probado una vez en mi vida, cogidas directamente del grosellero que tenía mi primo en su jardín, y había olvidado tan profundamente su existencia, que cuando la palabra Johannisbeere empezó a aparecer por todas partes descubrí dos cosas: en primer lugar, que me cuesta muchísimo pronunciar la palabra "Beere" (baya), ya que el germanoparlante medio tiende a entenderme "Bier", creando con ello un caos terminológico de aúpa. De "grosella" a "la cerveza de Juan" hay, como podéis ver, un paso. En segundo lugar, que hay ocasiones en las que, por mucha voluntad que ponga en encontrar el significado a través del contexto, es necesario echar mano del diccionario. Estuve un tiempo pensando que el término en cuestión significaba arándano, hasta que descubrí que este fruto tiene otro nombre, también terminado en Beere, que no recuerdo ahora mismo, por lo que me rendí y lo busqué. Curiosa la relevancia que puede adquirir la dichosa frutita. Aquí es muy popular en zumo, que la gente pide en los bares ya sea solo o en schorle, es decir, rebajado en agua con gas, otra práctica muy alemana. Por ejemplo, con mis hermanas triunfó el Apfleschorle, la misma guarrada, pero con zumo de manzana, que también venden ya embotellada como si fuera una fanta cualquiera. Pero volviendo a las grosellas, también es posible encontrarlas en un sinnúmero de golosadas, desde confitura hasta caramelos balsámicos (gracias, Jey, por descubrirme los Ricola Johannisbeere), pasando por gominolas como las que compré aprovechando la visita familiar a la sucursal de Ositos Gummi de la capital bávara.
Eso ha sido todo por hoy. Se despide la reportera más dicharachera de Fraggle Rock, con permiso de Gustavo y del tío Max, el Viajero (Jim Henson, we love you).

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